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domingo, 16 de agosto de 2009

Planeta Tierra. (El Correo, 16.08.09)

Planeta Tierra: un trato equitativo.

Manfred Nolte

El río Eufrates, icono de la civilización, se seca, calamidad que el libro de la Revelación profetiza como un signo del fin de los tiempos. No es casualidad. Los escépticos del calentamiento global se han rendido a las conclusiones del cuarto informe del IPCC de Naciones Unidas. Los gases antropogénicos se correlacionan de modo virtualmente unitario con la licuación de los casquetes polares, la elevación de los niveles marinos, la desertización, el estrés hídrico, las inundaciones, los huracanes y tifones, las sequías y la deforestación que adquieren ritmos de avance aterradores. La catástrofe, un aumento de la temperatura planetaria por encima del umbral de los 2/4ºC, ha dejado de ser una utopía.

Ante estas evidencias, las negociaciones internacionales parecen haber iniciado una senda de progreso. La asunción generalizada de los riesgos latentes constituye un cambio radical respecto de las tesis prevalentes hace tan solo una década y representa en sí mismo un enorme avance. La Convención de Naciones Unidas sobre el cambio climático que se desarrollará en diciembre en Copenhague dispone de un borrador de 200 páginas sobre el que deberá sellarse el acuerdo, uno que relance el tratado de Kyoto más allá de 2012.

Con todo, la antesala de Copenhague se configura en un gran tablero de ajedrez donde cada bloque estudia atentamente la estrategia de su contrincante. El juego se distribuye entre países desarrollados de una parte y emergentes o en desarrollo de otra, en torno al crucial capítulo del recorte de emisiones.

Asumiendo el escenario más posibilista propugnado por la AIE, la concentración de gases carbónicos debería limitarse en atmósfera a 450 partes por millón, un desafío gigantesco. Para lograrlo las emisiones deberían rebajarse entre un 50 y un 80% para 2050 respecto de los niveles de 1990. Los países ricos proponen una disminución global del 50% asumiendo ellos, con una población constante en el periodo, el 80% del objetivo, corriendo a cargo del sur el 20% restante.

La propuesta aparentemente generosa no satisface a los países en desarrollo. Dado que su población se duplicará en el periodo, el esfuerzo se traduciría en una mitigación per capita del 60%, ligeramente inferior a la asumida por los países centrales. Después de todo, sobre los 2200 millardos de toneladas de emisiones de dióxido de carbono que el sistema puede absorber en el periodo 1800-2050, las naciones acaudaladas ya han emitido 888. En un teórico reparto equitativo, deberían aminorar sus emisiones en un 213% hasta 2050 para que los países indigentes pudieran mantener sus actuales niveles de contaminación per capita congruentes con sus embrionarias políticas de desarrollo. Los países prósperos representan siete de cada diez toneladas de CO2 que se han emitido desde que se inició la revolución industrial. El Norte ha agotado ya su cupo de agresión desarrollista, se proclama.

Utilizando el ratio poblacional en el plazo 1800-2050, occidente debería compensar al sur el equivalente a 733 millardos de toneladas de dióxido de carbono. En el mercado de derechos supondría la cifra de 11,6 billones de dólares que podría destinarse a un Fondo climático global, una cantidad digna de respeto, favorablemente comparable con los 15 dedicados al rescate de los sistemas financieros occidentales durante la crisis en curso. Aunque salvar bancos es importante, librar al mundo de la catástrofe climática parece aun más primordial.

Pero mitigacion sin adaptación es solo la mitad de la discrepancia. El sur de Manhattan y el delta del Ganges corren parecido riesgo de inundaciones pero no comparten la misma vulnerabilidad. África y el sudeste asiático apenas contaminan. Sin embargo los desastres ecológicos que les acosan causan millares de muertes al año y pérdidas incalculables. La adaptación requiere gran celo y movilización de recursos con los atributos de adicionalidad, proporción, predictibilidad y viabilidad política.

Jeffrey Sachs observa certeramente que los líderes mundiales están confundiendo negociación y resolucion de conflictos. A cuatro meses de Copenhague cada país ensaya trasladar sus responsabilidades cuando el remedio único del problema es la cooperación. Bajo un emblema unitario, Planeta Tierra, la calificación se realizaría sobre aquellos países y proyectos con una relación coste beneficio más favorable. A renglón seguido se evaluarían los ingentes procesos de inversión en nuevas tecnologías que incorporen energías verdes de la forma más acreditada. La revolución tecnológica no es un tema de negociación sino de ingeniería y selección de oportunidades. La financiación correspondería mayoritariamente a occidente.

La ciencia ya se ha pronunciado. Es el turno de la voluntad política para actuar y asumir responsabilidades capitales respecto de las generaciones presentes y futuras

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